UN POCO SOBRE MI...

Soy psicóloga, y desde hace años trabajo acompañando a niños, adolescentes y familias en los desafíos que aparecen en el desarrollo y en la vida cotidiana.

Mi recorrido profesional siempre estuvo orientado a las infancias, especialmente al acompañamiento de niños y niñas neurodivergentes y de sus familias. Pero con el tiempo fui entendiendo algo que terminó transformando profundamente mi manera de trabajar: conocer qué hacer no siempre significa saber cómo hacerlo.

Por eso hoy mi trabajo no consiste solamente en evaluar, orientar o proponer estrategias. Me interesa que podamos comprender juntos qué está pasando, pensar qué puede funcionar en tu realidad y encontrar una manera posible de llevarlo a la práctica.

Porque una buena estrategia no es la que suena perfecta en el consultorio.
Es la que puede encontrar un lugar en tu vida cotidiana.

Quise ser psicóloga antes de saber realmente qué significaba serlo

Tenía 12 años cuando decidí que quería ser psicóloga. Fue mirando una película en la que Tommy Lee Jones interpretaba a un terapeuta. Yo todavía era una niña, pero recuerdo haber pensado que algún día quería hacer eso: acompañar y ayudar a otros niños.

Ese deseo nunca cambió.

Lo que sí cambió —muchas veces— fue el camino para llegar hasta ahí.

El camino no fue en línea recta...

Empecé a estudiar Psicología en la Universidad de Morón Argentina, pero una situación económica familiar hizo que ya no pudiera continuar allí. Me pasé a la UBA mientras trabajaba nueve horas por día. Durante mucho tiempo, estudiar significó salir de trabajar, ir a cursar, llegar a casa cerca de la medianoche y volver a salir a las seis y media de la mañana.

Y, aun haciendo todo ese esfuerzo, hubo un momento en el que estuve a punto de abandonar.

La psicología que estaba encontrando no se parecía a la que yo había imaginado. Me costaba entender cómo aquello que estudiaba podía ayudarme a comprender y acompañar de manera concreta a las personas.

Hasta que elegí una materia optativa: Biología del Comportamiento.

Éramos apenas ocho alumnos en un aula acostumbrada a recibir cientos. Para mí fue un punto de inflexión. Descubrí otra manera de pensar la psicología, empecé a buscar, leer y estudiar por mi cuenta y entendí que sí existía un camino dentro de esta profesión que tenía sentido para mí.

Aprendí bastante temprano que cambiar el plan no significa abandonar el objetivo.

La vida siguió pasando mientras yo seguía estudiando

En el medio de todo ese recorrido quedé embarazada. No fue un embarazo buscado, pero sí profundamente deseado. Y llegó Nahuel, el terremoto de mi vida.

El embarazo fue complicado y durante varios meses tuve que dejar los estudios en pausa. Cuando Nanu nació, retomé como pude: estudiaba en los momentos que encontraba y alguna vez hasta vino conmigo a cursar. La carrera seguía, pero ahora tenía que encontrar la manera de hacerla convivir con una vida completamente nueva.

Tiempo después nos mudamos a Madrid por una oportunidad laboral de su papá y me pasé a la UNED. De las materias que ya había aprobado me reconocieron apenas una parte. Era, otra vez, casi volver a empezar.

Pero esta vez había algo diferente: había encontrado la orientación que llevaba años buscando, una psicología basada en la evidencia y una forma de comprender la profesión que finalmente conectaba con aquello que había imaginado desde chica.

Después vinieron una separación, dificultades económicas y el regreso a Argentina. Terminé la carrera a distancia desde acá, sorteando nuevos obstáculos y criando a Nanu mientras la vida, como siempre, seguía pasando.

Con el tiempo volví a formar una familia y, cuando Nanu tenía 9 años, llegó Elian. Porque mientras yo intentaba ordenar mi recorrido profesional, la vida evidentemente seguía haciendo sus propios planes.

El plan había vuelto a cambiar. El objetivo, no.

Cuando terminar la carrera no significó haber terminado

Cuando finalmente terminé Psicología, mi título era español. Para poder ejercer en Argentina tenía que convalidarlo y comenzó un proceso que terminó llevando casi cuatro años.

Hubo trámites detenidos durante meses por un papel que nadie me había avisado que faltaba, viajes, gestiones y nuevos requisitos. Finalmente elegí continuar el proceso en la Universidad Nacional de La Plata.

Allí apareció un desafío bastante particular: mi formación había seguido una orientación diferente a la predominante en la facultad y, en un primer momento, me plantearon que completar los requerimientos podía llevarme alrededor de dos años.

Recuerdo estar frente a la decana, llorando, pidiéndole algo bastante simple: que me dejara intentarlo. Que me permitiera cursar y rendir más de una cosa a la vez y ver hasta dónde podía llegar.

Me dejó.

Lo que estaba previsto para aproximadamente dos años, logré completarlo en seis meses: materias, prácticas profesionales, viajes y todo lo necesario para llegar al examen final.

Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo con mucha emoción.

Fui a la facultad esperando que me entregaran el caso que tendría que preparar y defender frente a un tribunal. Pero ese examen nunca llegó.

Mis profesores habían hablado sobre mi trabajo y mi desempeño. Me dijeron que no necesitaba rendirlo y que ya era bienvenida como egresada de la facultad.

Después de tantos años intentando llegar, por una vez no había otro requisito esperando detrás.

Había llegado.

También estuve del otro lado

Con los años, mientras yo crecía como psicóloga, Nanu también crecía. Y empezaron a aparecer dificultades en la escuela, problemas de conducta y situaciones que muchas veces no sabíamos cómo manejar.

Hasta que llegó el diagnóstico de TDAH.

Y entonces me tocó ocupar un lugar que conocía profesionalmente, pero que se siente muy diferente cuando una está sentada del otro lado: el lugar de la mamá que necesita ayuda.

Volví muchas veces a casa con indicaciones de profesionales. Algunas tenían mucho sentido en teoría, pero yo no encontraba la manera de llevarlas a nuestra vida cotidiana. Otras me parecían directamente incompatibles con nuestros tiempos, nuestra dinámica familiar o con lo que yo sentía que podía sostener.

Y sí, algunas veces también me enojé.

Porque sentía que me explicaban qué tenía que hacer, pero no siempre alguien se detenía a preguntarme cómo era nuestra vida, qué habíamos intentado, qué podía hacer yo realmente o qué necesitaba para poder hacerlo.

Con el tiempo entendí que esa experiencia también estaba formando a la psicóloga que yo iba a ser.

Porque conocer una estrategia no significa saber implementarla. Y porque acompañar a una familia no puede consistir solamente en decirle qué debería hacer.

Hoy estoy del otro lado de ese encuentro, pero procuro no olvidarme de cómo se siente estar en ambos lugares.

Quizás por eso una de las preguntas que más me importa hacer no es solamente “¿qué podemos hacer?”, sino “¿cómo podemos hacer para que esto funcione en tu vida?”

La psicóloga que soy hoy

Todo ese recorrido —la formación, los cambios de camino, la experiencia clínica y también la maternidad— fue construyendo mi manera de entender la psicología.

Creo profundamente en una psicología basada en la evidencia, pero también creo que el conocimiento científico tiene verdadero valor cuando podemos traducirlo a la vida de una persona concreta.

Por eso, cuando acompaño a un niño, un adolescente o una familia, no busco aplicar una receta. Me interesa comprender qué está pasando, qué necesita esa persona y qué posibilidades reales tiene esa familia para producir cambios.

Mi trabajo se fue especializando especialmente en neurodesarrollo, evaluación neuropsicológica, conducta y acompañamiento a familias, áreas en las que continúo formándome porque sigo teniendo la misma curiosidad que apareció muchos años atrás cuando descubrí que había otra manera de pensar la psicología.

La evidencia me ayuda a saber hacia dónde podemos ir.
La persona que tengo delante me ayuda a encontrar por dónde.

También soy todo esto

Aunque amo profundamente mi profesión, no soy solamente psicóloga. También estoy hecha de las cosas que me apasionan, de las que me sostienen y de las que forman parte de mi manera de estar en el mundo.

La música ocupa un lugar enorme en mi vida. Muchas veces fue refugio, compañía y uno de esos lugares a los que volver cuando las cosas se ponían difíciles.

Y, de alguna manera, también terminó entrando al consultorio. La uso mucho en mi trabajo porque a veces una canción puede ayudarnos a expresar, recordar o comprender algo para lo que todavía no encontramos palabras.

También amo viajar, conocer lugares nuevos y todo lo que tenga un poco de aventura. Y esto no está tan separado de mi profesión como podría parecer: una de las razones por las que elegí orientar cada vez más mi trabajo hacia la psicología online es justamente la posibilidad de construir una forma de trabajar que pueda acompañarme donde esté.

Entreno, disfruto muchísimo del deporte, leo y, cuando encuentro un rato, también escribo. Supongo que hay algo que se repite en casi todo lo que elijo: me gusta moverme, aprender, descubrir y probar caminos nuevos.

Y sí, también toco la armónica.

Porque, aparentemente, con estudiar Psicología por varias universidades, criar dos hijos y sobrevivir a los planes A, B y C todavía me quedaba tiempo para complicarme un poco más. 😂

Ahora que ya sabes un poco sobre mí...

Si llegaste hasta acá, también conocés bastante de la manera en que entiendo mi trabajo.

No creo en recetas iguales para todos. Creo en comprender qué está pasando, escuchar, pensar juntos y encontrar caminos que puedan funcionar en la vida real.

Si sentís que esta manera de trabajar tiene sentido para vos o para tu familia, podemos conversar.

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